miércoles, 30 de enero de 2008

La ventana de Londres 38


La ultima vez que vi a la recientemente fallecida periodista Patricia Verdugo fue el año 2002 en un seminario al que asistimos en el ex congreso nacional en el que exponía el sociólogo Alain Touraine , me acordaba de eso ayer mientras leía un reportaje sobre ella en la Revista Mujer del diario La Tercera .


Ayer observaba y me quedé pensando en el testimonio de quienes fueron sus más grandes compañeras y sentì como propia la importancia de las amigas, sobretodo lo trascendentes que pueden llegar a ser cuando se ha vivido y ejercido en estos dolorosos temas de la memoria.
De verdugo me acordaba de su ponencia magistral, relatando los casos de tortura en el recinto de Londres 38, la audiencia quedó estupefacta, ella se envolvía en el relato de un padre torturado junto a su hija.


No había palabras...

Y justo el pasado 22 de enero tuvimos la experiencia de asistir al sahumerio de este ex recinto de tortura de la dictadura de militar de Augusto Pinochet , el cual se halla en pleno proceso de reconstitución.
En Chile, ya hay experiencias colectivas de recuperación, experiencias que son fuertes pero muy necesarias y que se insertan para siempre en nuestras vidas y cotidianidades.
" Hacer del dolor ajeno y sentirlo como si fuera el propio " bajo esta frase dicen que Patricia Verdugo rigió su vida y al parecer logró con creces al cumplir el objetivo de acercarnos a la verdad, y aquel día que fuimos a la ceremonia, me tocó, compartir con muchas madres que perdieron a sus hijos, sobrevivientes hombres y mujeres, familiares de los desaparecidos, todos ellos...


Y fue tremendo sentir el aire de esa casa que albergó tanto flagelo e inhumanidad, tanta vergüenza, no hay palos santos ni inciensos que puedan limpiar ese aire espeso y yo fui con mi hijo de seis años, que era el único niño en toda la ceremonia y que por esos misterios encontró un juguete y pudo entretenerse con la tierra de un árbol ubicado en la entrada de la propiedad.


Mi hijo quedó inmortalizado en una foto, trayéndome al recuerdo las muchas fotos infantiles que me tomaron en la dictadura para las campañas de solidaridad con Chile.
Y yo sin verbalizar le contaba que en otro tiempo y lugar del cual siempre me voy acordar, muchos padres eran violentamente despojados de sus niños y que nosotros podíamos beber agua y llegar con bebidas, mientras en esos tiempos otros fallecían de la sed y parrillazos, . Él por si mismo entendió que además podíamos desplazarnos, encontrarnos entre amigos, cuando décadas atrás a otros se lo vendaba y reducía con las formas más crueles de violencia.


Entre esos encuentros estaban mis queridas amigas Lucrecia y Patricia, y por esto les dejo el testimonio para quienes quieran leerlo, el cual me fue gentilmente enviado por Boris.
Sitios de Referencia:
www.londres38.cl
www.villagrimaldicorp.cl



"Víspera de Año Nuevo


Lucrecia Brito Vásquez


SI TUVIERA QUE DEFINIRME por datos personales relevantes, aquel treinta y uno de diciembre cuando caí, antes que todo yo era militante de la Resistencia y, más que veinte años, tenía seis meses de embarazo y vivía soñando que la dictadura no duraría y mi guagua iba a conocer la vida en libertad. Ésa era yo. Es que seguía pensando que a pesar de todo seríamos capaces de revertir la situación y no me podía imaginar el aniquilamiento horrendo que al final experimentaríamos. Eso sí, como un adelanto, mientras iba a la casa de mis suegros y caminaba por calle Sarmiento de Ñuñoa, tuve un presagio.
Capaz fuera porque fui siempre de intuición desarrollada, y porque la gente que veía estaba como dispuesta en una posición de espera. Los obreros de una construcción miraban recelosos como una desconocida me interceptaba, a quien agradeceré toda mi vida. Ella, mujer valiente, tuvo el coraje de advertirme: "Devuélvase, balearon a su marido". Caminé rápido de vuelta hacia Irarrázabal por el costado del Teatro California, pero es cuando escucho un chiflido y cuatro tipos nos encierran sorpresivamente: -¡así que tú erís la famosa Lucrecia!, y vos vieja e'mierda, ¿qué tenís que meterte en lo que no te importa? Me obligaron a desandar lo avanzado y a entrar por la mampara, tras la cual todo era caos. Los pañales repartidos por el suelo, la ropa de mi futura guagua pisoteada. Habían decenas de hombres de civil con pistolas y metralletas. Los había de todos los portes, edades y fachas. Yo no terminaba de convencerme de que hubiéramos podido ocasionar tal revuelo. Me lanzaron sobre una silla, mi suegra, mujer inteligente, miraba horrorizada el matonezco operativo suplicándoles con lágrimas que no me maltrataran. Aún así, se las arregló para darme entender que necesitaba hablarme, por eso pedí permiso para ir al baño, y ella se ofreció para acompañarme; los dinos aceptaron, creo, por mi enorme vientre que les produjo confusión o compasión, o una mezcla de ambos. A solas, rápidamente me contó que habían caído otros, que habían heridos, y que la DINA se había llevado a algunos, incluido Alejandro; y que ahora tenían el teléfono intervenido y los tenían presos a ella con mi suegro, pues no podían salir de esa casa que mantenían con guardias por si llegaban más militantes para así atraparlos. No nos dejaron permanecer mucho en el baño, me sacaron a tirones, pero mi suegra, a pesar de todo, pidió un segundo para traerme una maleta con ropa, leche y todo lo que creyó necesario. Es que claramente se dio cuenta de que yo pasaría largo tiempo en poder de ellos.
Me subieron a una camioneta y me llevaron a una casa que no podría reconocer porque tenía una venda en los ojos y la tuve hasta que me la arrancaron a tirones mientras me decían un número que me identificaría, pero que ahora evidentemente no recuerdo. Me empujaron con mi maleta a una pieza donde había sólo mujeres que me recibieron en silencio mientras el guardia vociferaba soez: "¿cómo está la pescadería?" La tal pieza tenía 5 camarotes de metal y al medio una ventana con barrotes de fierro; frente a la puerta había una sala pequeña que era donde torturaban y que mantenían siempre con la puerta abierta para mantenernos en constante apremio. En contraste, y tal vez como una medida inconsciente de mitigar el ambiente de terror, tenían puesta siempre música popular muy alegre, a la cual, cuando torturaban, le subían el volumen al máximo.
Me quedé sin rumbo, quieta en un camastro, pero en cuanto cerraron la puerta una voz me dijo entre murmullos: "Lucre, soy Clara, caí presa pero no hablé de ti, nada dije". Al parecer la habían hecho sufrir bastante pero no me había delatado, amiga fiel. La abracé preguntándole dónde estábamos y qué cosas ocurrían allí. Todas me rodearon para hablar de la maleta y mi caída. Estaban tristes porque me atrapaban con un embarazo tan avanzado pero al mismo tiempo contentísimas porque traía leche en polvo y muchos calzones ¡Al fin podrían cambiárselos!
Poco a poco se fue llenando la pieza con compañeras, principalmente, de la UTE. Supe entonces que "Giro" (Alejandro), mi propio compañero, estaba hablando, no lo podía creer, pero ahí estaban las evidencias; me lo enrostraban Elena, Pilar, Beatriz, como si yo tuviera la culpa de las acciones que pudiera realizar Giro, por muy compañero mío que fuera. La única que nunca me hizo un reproche demostrando sabiduría fue Paty, la compañera de Lucho Guajardo, nuestro querido ciclista del Manuel de Salas y de la Escuela de Ingeniería. Por mi parte sentí rabia, mucha rabia. Rabia y también pena; e imaginaba que por algo Alejandro estaba hablando y que eso no podía ser gratuito. Un tiempo después sabría que lo amenazaban no con matarlo a él o a mí, sino a la guaguita que estábamos esperando.
Mientras tanto, esa misma noche nos sacaron a todas a la parte vieja de una casona que pertenecía al cineasta Helvio Soto; la cual, supe después, era donde funcionaba la oficina de Contreras y estaba situada a la entrada, a mano izquierda del portón. A Helvio Soto, Contreras le había robado mañosamente la casa, según nos contó su mujer, detenida también con nosotras. Fue en esa casa donde empezó la fiesta para ellos; luego de una buena tomatera seríamos los juguetes de su gran noche de año nuevo del setenta y cinco. Hablaban a garabatos y con voces destempladas, era un grupo de borrachos desquiciados que empezaron conmigo el interrogatorio. "Tenís que confesar, cabrita", decían, mientras me soltaban los botones del vestido maternal y me manoseaban descaradamente. Me encontraba en total indefensión; aún en esos casos, sin embargo, quedan recursos. En el mío, me dio por vomitar, y como no querían que se ensuciara el salón del comandante, fui sacada en vilo hacia un baño sucio, lo cual me permitió cortar sus ansias de violentarme. Al lado, mientras tanto, se turnaban con mis compañeras en constante orgía de terror, y claramente alcanzaba a escuchar los rasguidos de ropas, los gritos, los sollozos y los quejidos de las que violaban; todo esto mezclado con blasfemias que torturaban el alma: "¡mira la puta con tetas caídas, se las habrán requetetoqueteado los miristas!"
Aún siento el asco y la pena de aquella noche, en la que violaron a casi todas las muchachas, mientras yo, entre vómito y vómito les gritaba si no tenían madres, si no tenían hermanas, y eso me costó múltiples puñetazos, la trizadura de mis dientes delanteros, y una lesión en el oído de la que nunca pude recuperarme. Pero no sería tan triste el recuerdo de esa noche si no hubiese escuchado que se atrevieron a violar también a Patricia, con un mes más de embarazo que yo.
No tengo detalles de la vuelta a nuestra celda, y nunca supe ni sabré cómo pude regresar. Recuerdo, eso sí, otros días, aunque la mente se empecina en olvidar lo insoportable: yendo al baño junto a mis compañeras, trataba de mirar al piso por debajo de la venda porque no quería tropezarme. Es en condiciones como éstas que la desesperación hace desarrollar destrezas incomprensibles. De súbito, por eso, en un rincón, una flor, una rosa desmayada en el suelo que traicionó mis sentidos y me hizo volver a la ternura. Quise acariciarla, pero en ese preciso instante me castigaron con un golpe.
El baño era el sitial más sucio que uno pudiera imaginarse, daba náuseas mirarlo incluso de lejos, a pesar de eso, por mi estado de gravidez iba allí varias veces al día, a veces sin tener real necesidad, sino más bien por acompañar a las que tenían urgencias y no las dejaban pasar los guardias. A uno de ellos conocido por el mote de "el natre", se le ocurrían siempre nuevas reglas para demostrar su poder. En mi caso, como no quería arriesgarse pues ya contaban con dos embarazadas desaparecidas, optó por aplicarme el método "interrupción del sueño", así me lo explicó una psiquiatra en Francia muchos años después. Venía por las noches, calculando que estuviese dormida, y entonces me despertaba violentamente, cortándome así la curva del sueño. Felizmente, me di cuenta de sus intenciones y me dediqué a dormir tanto como me fuera posible durante el día. Si no, según me dijo la misma psiquiatra, me habrían vuelto loca.
En las sesiones de interrogatorio se turnaban empleando distintas intenciones de hablantes. Unos hacían de malos y otros de más comprensivos, tampoco faltaba el que se las daba de experto politólogo y llamaba a algunos de aquellos "huevos" que se quebraron en la tortura, para que nos entregaran un discurso del tipo: "no hace falta que te sacrifiques, tienes que decir lo que sabes, estamos desarticulados". A mí, la piel se me estiraba hacia el cuero cabelludo, y sólo sentía rabia y asco por esos pobres seres humanos degradados que colaboraban con esos otros de la DINA que semejaban a fieras. Es posible que muchos se volvieran locos de tanto destruir, y si no, hoy deben temer hasta de su sombra. Entre esos selectos personajes estaba "Pablo" -Fernando Laureani- a cargo de un equipo, con quien trabajaba "el sicólogo" -Osvaldo Pincetti-. Pablo, era un tipo de aspecto alemán, crespo, rubio y de estatura mediana, dueño de una mirada acerada como la de un cielo metalizado, frío y siniestro. Era capaz de las peores flagelaciones. La idea que tenían era reducirnos a nuestra expresión más mínima; claro que, aunque todos los seres humanos son diferentes, de la propia fortaleza de cada uno dependía el que lo consiguieran. A mí, me sostuvo el no querer que otros pasaran por nuestra misma desgracia, y tuvo que ver también el profundo desprecio que sentía hacia esos seres infrahumanos, y porque no quería que mi hijo naciera en la antesala del infierno. Cuando me amenazaban con matarlo, con lágrimas en los ojos pensaba: "es lo mejor", pero, luego me cuidaba y comía lo que podía, y me las ingeniaba para no tomar la masa de barbitúricos y otras porquerías con que el psicólogo pretendía quebrarnos. Así fue como resguardé a mi chiquillo, y dormía de día para esperarlos despierta en los interrogatorios nocturnos donde eran siempre las mismas preguntas: "contacto para arriba, para abajo, buzón, casa de reunión y teléfono", las palabrotas y amenazas entremezcladas. Tenían el organigrama del MIR en la pared y uno debía ubicarse. Por lo tanto, era difícil escapar del interrogatorio sin explicaciones claras. En mi caso, el embarazo me preservó de muchas cosas. Lo otro, fue el ser disciplinada, ya que si realmente se trabajaba con nombres políticos no tenía por qué tenerse datos exactos. Declaré entonces, que todo ocurría en la casa de Sarmiento, y que mi función era la de simple secretaria de Pedro, jefe político de la UTE. Así pude explicar lo del manual que encontraron en mi casa y la lista de nombres políticos antiguos que no alcancé a quemar.
Ésos eran los torturadores, fieras desalmadas, pero los vigías constituían un mundo social distinto. En gran número eran de origen muy humilde, jóvenes que se notaban curtidos por el sufrimiento. Muchos de ellos simplones y superficiales, algunos incluso brutos. Les daba miedo aquella canción de la Revolución Española que habla de la tortilla que se vuelve. Siempre nos preguntaban al respecto: "¿serán como nosotros, nos harán un juicio, nos perdonarán...?"
Me impactó enormemente el clasismo y el racismo que a cada momento demostraban, de hecho, a mí me trataban mejor por ser casada "con libreta", y además ser blanca y de ojos azules. En eso no se diferenciaban vigías de torturadores, el "natre" me pedía a veces "gordita, levántate la venda para verte los ojos..." Accedía porque luego era propio pedirle un favor de vuelta, como ir al baño, o que nos dejase conversar o que permitiese que el resto de las compañeras descansaran un rato. Pero esta crónica no podría estar completa si en ella no incluyera a mis queridas compañeras. De Alicia, que era actriz, habría que decir "por suerte hay personas como ella" Es que parecía siempre tan animada y positiva. Reconozco que en ocasiones hasta nos hizo reír, y eso es tan importante cuando se trata de subsistencia. Un día la llamaron junto a otras, justo cuando por reírse se le había ocurrido teñirse el pelo a lo tanguera y estaba además vestida muy elegante; si hasta tenía un sobre de terciopelo negro con piedrecitas que lanzaban chispas. Todas nosotras estábamos muy contentas porque, según creíamos, se iba a libre plática -no sabíamos entonces eso de la existencia de desaparecidos, o tal vez era algo que no lo queríamos siquiera creer-. Pasó un tiempo largo desde que partieran. Cuando se abrió nuevamente la puerta reapareció Alicia, el guardia la miraba irónicamente: "te cagaron flacuchenta", farfulló el desalmado. Ella con gesto despectivo inmersa en su mejor personaje de teatro, dándole vueltas a la carterita como quien va o viene de una fiesta, respondió: "mira, la verdad es que no creo que fuese la ocasión para llevarme con esta pintita". Nos reímos todos, presas y guardia. Alicia: ahora, dispuesta a reconstruir la memoria, recuerdo que cuando recién llegó la tuvieron primero con ellos, la parrillaron y cómo la sentimos quejarse, la esperábamos preocupadas y tensas. Cuándo volvió tenía el pelo erizado por la electricidad, la observamos boquiabiertas entonces nos miró y dijo "¿Qué les parece mi nuevo peinado?"
Cada día sufríamos con el dolor y el miedo de alguien, mirábamos por las rendijas y aguzábamos el oído para mantenernos al tanto. En las tardes cantábamos, y esto les daba tanta rabia que venían a callarnos con terribles palabrotas pero nada nos mellaba el desahogo.
En el mes de enero llegó Michelle Bachelet a nuestra pieza, mas antes, tuvimos la dicha de escuchar a Ángela Jeria, su madre, quien discutió con "el coronel" -Marcelo Moren Brito-, que no tenía por qué arrepentirse de nada de lo que había hecho para demostrar las injusticias cometidas contra su marido -el General Bachelet-. Moren Brito, segundo de la DINA en Villa Grimaldi, se perdía en amenazas ante la voz orgullosa y llena de entereza de Ángela; y, sin argumentos para sostener sus acusaciones, terminó separándolas a madre e hija, como una forma de tortura más. Michelle, que era estudiante de medicina, se quedó con nosotras, y eso nos ayudó en mucho, porque con su oficio mejoró nuestros métodos de curar las heridas provocadas por los torturadores. Ella sabía además qué barbitúricos exactos había que administrar en casos necesarios, y cuánto. Pero hablábamos de Ángela, su madre. Fue llevada a una celda de metro ochenta por ciento veinte, más o menos, era un cajón sin ventanas ni ventilación. Allí aislada y a oscuras permaneció por más de cinco días y conoció la segunda pieza de tortura, una especie de bodega con somier metálico donde a seres humanos completamente desnudos, amarrados de pies y manos y, abiertos al máximo con paños asquerosos introducidos en la boca; procedían a la terrible descarga en las partes más sensibles y húmedas del cuerpo: sexo, senos, ano, sitios donde se conducía mejor la corriente y dolía más y más, arrancando gritos y encorvando como un arco la columna.
Con razón la mayoría de las prisioneras quedamos con huellas de quemaduras en muñecas y tobillos, era el roce de las correas con el metal de la parrilla eléctrica. Y algunas con más que eso: la pobre de Mónica, con apenas diecisiete años, quedó con úlceras en el cuerpo y muda por un buen tiempo. Tales alaridos de horror, mezclados de insultos y, paradojalmente, música alegre y chillona, fueron el trasfondo terrorífico para los 6 meses de embarazo de mi primer hijo que, antes de nacer, conoció así lo peor de mi tan amado Chile. Pero si había personas merecedoras de lástima, ésas eran Alejandra y Carola. La primera apodada La Flaca que, en principio estaba en nuestra celda, aparecía a ratos cada vez más descompuesta. La inyectaban todo el tiempo antes de sacarla a "porotear" para reconocer compañeros en la calle. Dicen que fue una buena militante y que la torturaron hasta quebrarla. Me es difícil emitir juicios sobre ella. Lo mismo me ocurre con Carola, a quien hicieron también mucho daño, sin embargo ella permanece hasta hoy casada con un CNI del propio grupo de monstruos que la convirtieron en objeto sexual.
Éramos muchas en nuestra pieza, llegamos a una treintena; por eso quizá uno de los guardias, cerca de la torre donde colgaban a dirigentes como a Thauby, a Gladys Díaz, a Patricia Zúñiga, me confrontó con toda energía para saber si había dicho todo lo que podía decirle. Al instante confirmé que sí, y me creyó... una se da cuenta de cuando le creen. Parece que habíamos demasiadas prisioneras y necesitaban espacio. "Entonces le voy a pedir al jefe que te saque de aquí". Yo me avivé: "Paty les dijo también todo y está con un mes más de embarazo y puede tener la guagua en cualquier momento". Paty y yo teníamos veinte años. Un rato después se abrió la puerta y entró un hombre de tez morena y contextura media con un impecable terno café claro que en la solapa llevaba una rosa roja. Se aproximó cuan dandy en un sitio de lujo. Ése era Contreras que en esa facha se enfrentaba a mujeres N N vendadas, sucias, andrajosas y con un número que les pendía del cuello. El ayudante que había conversado conmigo nos señaló con su índice. Nos llevaron a Tres Álamos y terminaron los 21 días de desaparecimiento en que nuestras familias aterradas ponían recursos de amparo ineficaces, y dejaban su energía entre los tribunales y ministerios. Los que pudimos salir de allí con vida, volvimos del infierno, el resto pasaron de esos infiernos al cielo, pero los monstruos que permanecieron en la tierra se han empeñado en que sean olvidados. Aquí estamos nosotros todavía, sin embargo, ganando pequeñas batallas de la memoria en el Colectivo de Arte las Historias que Podemos Contar, luchando en contra del olvido, y para honrar la memoria de todos los compañeros que no están, la de aquellos que sufren las secuelas de la tortura, y también para recuerdo de nuestros hijos, en especial para mi pequeña y gran victoria, Alejandro Ernesto, quien un 25 de marzo de 1975 nació en Tres Álamos y nos iluminó a todas con sus ojos hermosos color cielo.


23 comentarios:

boris dijo...

Pacita, que post!!!!
que buena la foto!! fue necesario ese rito, de sanación, de limpieza, para que de ese lugar de dolor pase a ser una casa de la memoria abierta a todos, del testimonio de Lucrecia valoro la valentía de madre para mantenerse viva en ese lugar
con esperanza
abrazos!!

Lena...en algun lugar del mundo dijo...

Esto me hace pensar en muchas cosas. Primero, que lastima que haya sido al dia que me fuera porque quizas hubiese necesitado estar alli. Otra cosa, por suerte que fue al dia siguente que me fuera, porque este lugar, el cual escucho el nombre desde siempre, mejor quede asi, que le pueda tomar fotos por fuera cuando voy a Chile y nunca pueda entrar para no escuchar los ecos de los dolores que alli se vivieron.
Un beso grande Pazcita, por todo esto y toda la amistad que me has dado,
Se te quiere,
Lena

Pelu dijo...

Quedé para adentro...el testimonio de Lucrecia parece sacado del infierno de Dante. Quiero agradecer la valentía de escribir esos terribles momentos y darnos la oportunidad a muchos de nosotros que nacimos durante la dictadura, de saber exactamente qué pasó en esos años. Al margen de las ideologías políticas, no se debe olvidar el daño causado y jamás olvidar a esos hombrs y a esas valientes mujeres que sufrieron horribles padecimientos a manos de cobardes ignorantes.
No deja de sorprenderme que a través de toda la historia de la humanidad, los hombres se causen tanto daño unos a otros por el hecho de pensar distinto; cosa que debería ser lo más normal. Que triste...no vamos a aprender nunca?

Evan dijo...

En Argentina y Chile tuvimos las mismas víctimas, te confieso que cuando comencé a leerlo, casi corto y no sigo... no sé si es cobardía, pero me destroza el alma cada vez que uno de estos relatos de desaparecidos...

Un beso Pazcita :)

Lena...en algun lugar del mundo dijo...

Solo que sepas, no he querido leer el testimonio, prefiero no. Besos nuevamente

belclau dijo...

Acabo de leer este post, amiga. No me detuve en ningun momento, segui hasta el final... El relato de Lucrecia me provoco infinitas sensaciones, impresiones: mucha tristeza, miedo, impotencia, angustia, ternura, espanto... Todo entremezclado. Qué entereza la de Lucrecia para abordar un momento de la vida tan limite!!!! Como se puede?????
Pienso en eso, y pienso en una de las tantas razones que me hicieron partir de Chile: La angustia de sentirme impotente frente a tanta injusticia (la injusticia de no ver a toda esa manga de infelices en la carcel pagando caro sus actos horrendos), a pesar de que fui a cuanta funa pillé, y cuando sientes que estas haciendo lo correcto, osea, funando a uno de esos desgraciados, llegan los pacos , te agarran y te detienen, porque segun ellos andai haciendo desorden en la via publica... Como tanta paradoja? Y veo que las injusticias siguen, que exterminan a los mapuches, para qué? En el fondo para preservar una raza blanca , pura y convertida al sistema neoliberal norteamericano y europeo ? Es eso finalmente?
Ufffffff, creo que saqué una parte de toda mi rabia...
En qué podemos seguir creyendo, Pacita amiga? Perdona por terminar triste mi mensaje :(
Besotes igual!!!!!

Marce Mercado dijo...

Crecimos en un país donde sucedían estas cosas horrendas, inhumanas...

No le debían pasar a nadie...pero, además, le sucedían a personas maravillosas...

Hice lo mío en su momento...
pero algo me pasa en el presente, Paz...
y es que me da pudor postear o meterme en estos testimonios que no son mío...
que les pertenecen a los que sufrieron tanto...

No creoi que lo merezca...

Gracias por tu lucha infantil...la foto del hermoso Benjita iluminándolo todo y exorcizando el lugar de muerte...

Gracias por este lugar para preservar la memoria...

TQM,

Marce

Pablo dijo...

Vengo leyendo estos testimonios desde niño, no sé, a los 7,8 años, comencé a oir conversaciones de adultos, familiares directos, y escuché cosas horribles como estas, y me metía a leer cosas de grande... y cada vez que los vuelvo a leer me estremesco y se me pone la piel de gallina.

Me quedo con dos imágenes, la primera, cuando Lucrecia relata al final el nacimiento de su hijo como un triunfo, como una victoria y me quedé pensando cómo muchos de nosotros, los nacidos el '73, '74, '75 fuimos eso para nuestros padres, un triunfo, y cómo eso te pone una carga explícita o tácita encima, a veces para bien a veces para mal, pero es imposible sacársela de encima.

Lo otro que me queda dando vuelta es el cómo los lugares quedan cargados por lo que se ha vivido allí. Bueno, yo he estado estas semanas con el rollo del cambio de casa y me pongo contento de haber dejado buenas vibras y de haber vivido momentos intensos en cada lugar que he habitado. Eso se nota cuando uno llega a un lugar. Bueno, esto es todo lo contrario, la carga siniestra de Villa Grimaldi, de Londres, de todos los centros de tortura repartridos por el país, se arrastra en el tiempo, es como una mancha de pintura que no sale con nada... por eso admiro el esfuerzo que haces tú y tantos por trabajar y preservar la memoria y por construir un Chile donde en el futuro todas las casas y todos los sitios queden cargados sólo con energías positivas, sobre todo después del terror.

Te dejo un abrazo, nos vamos de vacaciones, ahhh y además te felicito por la foto nueva, está muy bonita. Cariños,

Colombita ensoñada dijo...

Uy PAcita que fuerte, lo he leido enterito y ahora quedo un tanto enrarecida por dentro. Gracias por compartir estas cosas con nosotros!!

Angie Sandino dijo...

Realmente hacen falta más que saumerios en la memoria de todos los chilenos y aquellos que sin serlos sentimos el dolor que les toco vivir... una pena... y tristeza infinita..
Un abrazo querida Paz/cita!

nadie dijo...

conozco de cerca relatos como este, siempre te doy las gracias, pero lo hago de nuevo, gracias por ser nuestra memoria
un abrazo enorme

Glen E. Lizardi Flores dijo...

ufff Paz. ¿Cual es el punto de quiebre en el hombre? ¿En que momento el hombre deja de ser humano para transformarse en un monstruo? ¿Que debe pasar por en su cabeza?
Me dolio en el alma leer este nuevo testimonio, al igual que Pablo los leo desde niño, pero aun asi no puedo evitar estremecerme y humedecer mis ojos, tampoco puedo evitar pensar en ese mes de torturas de mi hermano.. y ahora me pregunto ¿Para que? ¿De que sirvio su silencio si las vidas que salvo se transformaron en una mierda? ¿De que sirvio el sufrimiento de tantos miles de chilenos? ¿para que mierda?... para estar metidos hasta la tuza en este sistema injusto, intolerante, neoliberal de mierda que nos tiraniza tal cual dictadura económica...
Cariños Paz, un abrazo.

Glen E. Lizardi Flores dijo...

Sorry por el lenguaje, para variar sin filtro

Víctor Hugo dijo...

uf! qué relato .... y pensar que todavía hay algunos que andan librespor ahí...
Por eso no hay que olvidar y ... lo más imporante sensibilizar a nuestros hijos para que se enteren de estos tristes sucesos ocurridos en nuestro país Chile
saludos

Francisco Ortiz dijo...

He parado en algún momento para evitar llorar, lo confieso. Y escribo esto con un puño cerrado en el estómago. Toda mi solidaridad para personas que han sufrido tanto, tan injusta, tan inhumanamente. Que no se olvide jamás, que no se olvide jamás. Un abrazo.

KarLo dijo...

Ya ni pasas a saludarme :(

Saludos cordiales
Karlo

Carolonline dijo...

paz de la vida paso a desdirme mañna me voy por unos dìas y hartos creo asi será al campo demi niñez. No tengo conexión sino a trvès deradios locales que leen noticias del diario, pero en fin, cariños y postea te ofrezco un sin fin de artículos muyspeciales. Carol.

gonzalo dijo...

por muchos años pasé junto a esa casa en compañía de mi perrito Ernestro.

Por vergüenza llevaba otro número.

Por la noche conversaba con los fantasmas.

Ticha dijo...

Es una lástima que todos los procesos de catarsis colectiva que se han realizado hayan sido en la RM, o no lo suficientemente masivos como para llegar a aquellas personas que se han desligado de las organizaciones de DDHH o que se han cerrado en su dolor.

Salu2 y gracias por tu entrada.

Viole dijo...

Cada vez que leo esto o algo similar me da un aangustia que me obliga a encender un cigarrillo, es increíble como se pudo causar tanto dolor, como pudieron haber tantas muertes -aun inconclusas- y como queda tanto dolor, del que pienso no se escapara jamás..., pues lo viví cuando mi abuela ya de grande nos relato todo el dolor y el sufrimiento..., y aun recuerdo semanas sin comida por culpa del maldito regimen militar..., y tantos testimonios dolorosos, estoy conmovida!!!

pamiclau dijo...

un relato estremecedor y doloroso, este es nuestro chile donde se llevaron a cabo las más crueles violaciones a los derechos de las personas. manteniendose hasta el día de hoy una constitución creada en dictadura y abalada por quienes prometieron democracia y justicia.

es necesario que la memoria siga viva y seamos capaces de luchar por un país justo y no permitír que el estado y el gobierno de turno nos calle con sus politicas insuficientes y represibas

como siempre pacita tu espacio me conecta con mis convicciones y lucha diaria.

un abrazo fraterno
pame

Johny Shats Sitton dijo...

Me parece un notable homenaje a Patricia Verdugo, una de las mujeres y escritoras más valientes y transparentes de la historia de Chile. La historia de Horror que posteas respecto a Londres 38 es muy impactante. Creo que llegaré a viejo preguntándome de que misterioso subterraneo el ser humano puede llegar a provocar sadicamente tanto dolor a sus projimos. Más o menos entiendo cuales son los mecánismos que generan esta violencia, pero en los detalles, como los que se relatan en esa historia uno se pregunta donde es que queda la simple compasión del barbaro frente a la barbarie que esta provocando.

Saludos.

Johny

Diana dijo...

Sabes? ...nunca había tenido la oportunidad de leer experiencias como estas... claro! lo sabía, me da daba pena, pero no me atrevía... lloré Paz, siento que somos todos seres humanos y nadie merece el trato quee sta gente les dió, por tanto tiempo... me siento rarísima, siento que somos tan poca cosa, y que en cualquier momento nuestros mundos "perfectos" desaparecen ...

besitos...