martes, 14 de agosto de 2007

Lecciones de inhumanidad


El lunes recién pasado, en un horario bien distante del llamado “horario prime”, a las 22,40 horas, TVN puso en pantalla un capítulo de “Informe Especial” que, a mi juicio, debería ser de obligatoria emisión en las escuelas de nuestro país y motivo de discusión para todos.
El tema: la “ratonera” de la calle Conferencia, donde en mayo de 1976 la DINA montó una operación represiva en la que cayó la más alta dirigencia del Partido Comunista en la clandestinidad, encabezada por Mario Zamorano, Jorge Muñoz (esposo de Gladys Marín), Uldarico Donaire, Jaime Donato y Elisa Escobar, entre otros, y que condujo luego a la detención de Víctor Díaz, a la sazón el primer hombre del PC en Chile.
El reportaje de Santiago Pavlovic reconstituyó, a partir de declaraciones efectuadas ante los jueces por ex agentes de este organismo de seguridad creado por Pinochet y Manuel Contreras, la trayectoria de lo que se puede calificar como un selecto grupo de exterminio que actuó bajo la chapa de dos brigadas: “Delfín” y “Tiburón”.
Este grupo, especializado en torturas de todo tipo, llevó a sus prisioneros primero a un lugar conocido como “la casa de piedra” (ex residencia de Darío Saint-Marie, antiguo dueño del diario Clarín, en el Cajón del Maipú) y luego los trasladó a un “cuartel” ubicado en la calle Simón Bolívar, de La Reina, del cual ningún detenido salió con vida.
En particular, Pavlovic entrevistó a un ex agente, de origen muy humilde y rural, que ofició como “mocito” en esa casa, tras haber hecho el mismo trabajo en la vivienda del “Mamo” Contreras, donde se ganó su confianza, quien contó, con lujo de detalles, los suplicios a los que fueron sometidos los dirigentes comunistas con el fin de que denunciaran a sus camaradas.
El testigo equis narró, por ejemplo, que al profesor universitario Fernando Ortiz, padre de Estela Ortiz de Parada, cuyo esposo fue asesinado después en el denominado “Caso Degollados”, los torturados le quebraron las piernas con bastones de madera y posteriormente lo dejaron agonizar durante toda una larga noche en un patio, muriendo a las 10 de la mañana del día siguiente, tras sufrir atroces padecimientos.
También relató cómo la tecnóloga médica Reinalda del Carmen Pereira, embarazada de tres meses al momento de su detención, ni siquiera su condición de mujer con una criatura en gestación en el vientre la salvó de los tormentos.
El testigo –nervioso y fumando sin interrupciones-, dijo a sus entrevistadores que esta profesional fue golpeada con saña, y que su calvario sólo acabó cuando después de ser sometida a golpes de corriente eléctrica le permitieron darse una ducha para limpiar su cuerpo ultrajado y bebió agua, lo que le causó la muerte inmediata.
Un fragmento particularmente emotivo de su relato fue aquel en que se refirió a Víctor “Chino” Díaz, dirigente de origen obrero que fue capturado en la casa de un ingeniero en Las Condes. El testigo en cuestión dijo que se había encariñado especialmente con Díaz a causa de que su aspecto físico le hacía acordar a su padre, de quien tenía vagos recuerdos.
Recordó cómo en una ocasión, al celebrarse el Año Nuevo, lo trasladó desde su celda hasta la sala de guardia, donde lo invitó a compartir con él un trozo de pavo y un vaso de gaseosa. Y cómo en esa misma ocasión Díaz le dijo que podía soltarle las esposas, pues no haría intento alguno de fuga, cosa que el ex mocito hizo, dándose un raro momento de cese de las hostilidades en medio de esa guerra inexplicable y cruel.
Por último, explicó de qué manera éste había sido asesinado (primero, se le intentó asfixiar con una bolsa de plástico y luego se le aplicó una inyección de cianuro). Y la forma en que tuvo que cargar su cuerpo, aún caliente, hacia el maletero de un Chevy Nova, desde el cual fue llevado a un paradero desconocido. Aunque todo indica que fue arrojado al océano.
Otros ex agentes, arrepentidos o intentando desviar sus culpas hacia otros, con mucha mayor probabilidad, señalaron el “modus operandi” a través del cual se intentó hacer desaparecer los restos, por citar un caso, de Marta Ugarte, a la que se le amarró un trozo de riel al tórax para posteriormente lanzarla desde la escotilla de un helicóptero al mar.
Fue, en toda la línea, una lección de inhumanidad. Tanto que el testigo principal de la historia encontró tiempo para recalcar que los integrantes de esta jauría de criminales sueltos, con licencia para matar de parte del gobierno dictatorial, eran elegidos entre “los más perros” de las diferentes fuerzas. Es decir, los que menos escrúpulos tenían para hacer esta despreciable labor.
El juez Montiglio tiene ahora procesados a 29 de ellos, y se encuentra próximo a dictar sentencia. Uno de ellos, el coronel (R) de Ejército Germán Barriga Muñoz, se suicidó en enero de 2005, lanzándose al vacío desde el piso 18 de una torre en Santiago, y sus compañeros de armas dijeron entonces que su decisión fue producto del “acoso judicial” sobre su persona.
Yo me quedó con la valentía del ex mocito que decidió hablar, pese a que conoce muy bien el grado de crueldad al que pueden llegar sus ex compinches de los “grupos de tareas”. Con inocultable emoción, rememoró el momento en que Díaz le preguntó cómo se había visto involucrado en esa “inmundicia”, y que sólo atinó a decirle: “Por las necesidades de la vida”.
Su caso me hizo recordar el de Andrés Valenzuela, también conocido como “Papudo”, el ex agente del Comando Conjunto y ex miembro de la FACH, que comenzó a descorrer la cortina que develó los crímenes de ese otro grupo especializado en la represión.
Entrevistado por Mónica González, Valenzuela dijo que lo había impresionado profundamente el comportamiento ante la tortura de Miguel Rodríguez Gallardo, el “Quila Leo”, un dirigente de las Juventudes Comunistas que nunca se quebró. Y que a partir de ver su conducta ejemplar fue que pensó que un día debería tal vez dar a conocer la pesadilla de la que había sido testigo y cómplice.
El “Quila”, al igual que Víctor Díaz o Marta Ugarte, fueron vencedores de la muerte. Y se las arreglaron para enviar mensajes de vida desde las tinieblas, a través de la mala conciencia de quienes no pudieron doblegarlos o les ataron mal el trozo de riel que debía hundirlos en el fondo del mar, haciendo que el fantasma de las víctimas acusara a sus victimarios con sus cadáveres lacerados.
Al final del programa, Pavlovic dijo que estos hechos representaban una oscura mancha para las Fuerzas Armadas de nuestro país. Sólo cabe preguntarse qué tipo de quitamanchas será capaz de borrar el baldón de tanta infamia y sadismo que ni siquiera pueden justificarse por razones ideológicas o de ninguna otra índole.

Fuente : El blog de Artemio Loupin